INCOMPATIBLES - Ella quería conquistar al cerebrito de la clase. Él estaba determinado a ignorarla... hasta que descubrió su secreto. UNA RELACIÓN PERFECTA - Historias románticas contemporáneas con un poco de arte en cada una. BESO ROBADO - Lina conoce a dos bailarines de ballet: uno que le gusta... y otro que hará de todo para conquistarla. LOBO DE LUNA - La amistad inquebrantable entre una criatura del bosque y un lobo de otro mundo. EL REY Y EL PÁJARO BLANCO - Había una vez un joven rey y un ave blanca con un secreto extraordinario. RELATOS DE AMOR Y SANGRE - A menudo el amor sale terriblemente mal... AMOR SANGRIENTO - Él está muriendo de un cáncer terminal. Ella tiene un secreto escalofriante. OSCURA SALVACIÓN - Historias sobre amor y salvación... plagadas de horror y oscuridad. Haz clic en las portadas para leer las muestras gratuitas. Ve a la página SOBRE MIS LIBROS para ver todo mi catálogo. ¡Gracias por apoyarme!

26 de julio de 2010

ZOMBIS Y APOCALIPSIS

¡Los zombis están tan de moda que también aparecen en mis sueños! Sin embargo, no fueron el único elemento de actualidad que mi cerebro incorporó a mis fantasías oníricas. Enseguida les explico...

Mi sueño comenzó con ¡una fiesta zombi! En alguna parte de la habitación sonaba la canción Monster Mash, y los zombis bailaban muy contentos.


Por si fuera poco, ¡yo también era una zombi! Y como soy una persona feliz, pues también era una zombi feliz.


Yo estaba bailando igual que los demás, y cada tanto me detenía a masticar un pedazo de carne. De pronto me pregunté si lo que estaba comiendo era un trozo de cadáver humano, pero no, era una pierna de pollo asado. Se ve que ni siendo zombi tengo tendencias caníbales. De todas maneras, la pierna de pollo estaba deliciosa. ¡Ñam ñam!

Del otro lado de la ventana se veía un paisaje inundado, con peces muertos flotando panza arriba en el agua sucia. De pronto los peces cobraron vida, y los zombis dejamos de ser zombis. ¡Era una resurrección masiva! Y yo me dije: "¡Esto debe de ser una señal del Apocalipsis!" Efectivamente, el Apocalipsis se aproximaba (justamente un día antes había leído sobre un meteorito que podría estrellarse contra la Tierra en no sé qué año).

Salí de la habitación y me fui a la playa. No me pregunten por qué, no tengo idea. En todo caso, mi difunta madre también había resucitado, y salió del agua. Cosa extraña, porque afortunadamente mi madre está viva y saludable. ¿Qué diría Freud de semejante contradicción? Como sea, en mi sueño me alegré mucho de ver a mi madre, y corrí a abrazarla. Las dos caminamos por la playa. Por ahí vimos a un grupo de personas rezando, y Dios las salvó del Juicio Final. En realidad no me pareció muy justo, porque me dio la impresión de que eran creyentes de último minuto. Bien, como los demás que estábamos en la playa no fuimos salvados del Juicio Final (no veo por qué, ni que fuera yo tan mala), nos sentamos en unas gradas a ver el fin del mundo. A mi lado estaba el ex presidente Jorge Batlle, y yo le dije: "Ah, me alegra que esté mejor, señor Batlle" (había leído el día anterior que a nuestro ex presidente lo habían internado en el hospital). Mi madre y yo nos abrazamos y entonces empezó el atardecer, lo cual marcó el comienzo del fin del mundo.

El sol explotó. Lo hizo por etapas, de modo que las llamas se acercaban cada vez más a nosotros. Yo, algo impaciente, dije: "Bueno, ya, termina de una vez." El sol terminó de explotar (fue una escena algo teatral, porque el sol tenía cara), y ¡nos quedamos a oscuras!


Ese final me pareció algo extraño. Le dije a mi madre que si la muerte era así, almas pensantes en la oscuridad, nos íbamos a aburrir muchísimo. Pero no, en realidad no éramos almas pensantes en la oscuridad, sino que las luces se encendieron. ¡Estábamos en un cine! ¡El fin del mundo había sido sólo una película! Ahí me enfadé. Es decir, una se preparó para el fin del mundo, ¿y qué sucedió? Pues nada, que Dios proyectó una película con efectos visuales baratos en su lugar. Habría pensado que Dios tenía mejores recursos. No sé, como la película 2012 o algo así, como mínimo.

Me fui muy enojada del cine, con mi madre del brazo, y ahí terminó mi sueño.

G. E.

20 de julio de 2010

ESCUCHANDO AL CEREBRITO

Bien, ahora que ya he explicado a los cerebritos, quisiera tratar una cuestión que a menudo es olímpicamente pasada por alto, y es la siguiente: HAY QUE ESCUCHAR A LOS CEREBRITOS.

Parece algo evidente, ¿no? Al fin y al cabo, se supone que los cerebritos son las personas que poseen el conocimiento y saben cómo utilizarlo, por lo que su opinión debería ser consultada y tomada en cuenta frente a cualquier duda. Es que los cerebritos sabemos de todo, dada nuestra afición a aprender cosas de gran importancia (y algunas entretenidas pero absolutamente irrelevantes, como la composión química de la pelusa en el ombligo).

Sin embargo, y esto lo he comprobado en los libros de historia y también por experiencia propia, a menudo los no-cerebritos deciden ignorar la sabiduría de los cerebritos, ya sea por soberbia, testarudez, o quizás un deseo inconsciente de sufrir una muerte más o menos espectacular.

¿Recuerdan la tragedia de Chernóbil? Pues bien, antes de que el reactor explotara, un cerebrito dijo que era mala idea hacer la prueba que llevó al desastre. También hubo un cerebrito que advirtió sobre una falla potencial en las junturas del Challenger. Nadie le hizo caso y ya sabemos lo que pasó: la nave explotó junto con sus pobres tripulantes.

Los cerebritos no hacemos advertencias sobre las cosas porque nos guste presumir de nuestros conocimientos (bueno, a veces sí, pero no lo admitiré en voz alta). En general hacemos advertencias porque sabemos algo que otros ignoran, y queremos evitar que alguien sufra o meta la pata por desconocimiento sobre un tema en particular. O sea, si un cerebrito les dice "no salgan sin paraguas porque hoy el amanecer fue rojo", mejor háganle caso o terminarán ensopados. Otras advertencias que podría hacerles un cerebrito:

Eso podría explotar.
Mejor apaga la llave general antes de meter la mano ahí.
No deberías mezclar esas dos sustancias.
Yo que tú me alejaría de ese animal.
Ponte el traje de plomo antes de abrir la puerta.
Ese hongo es venenoso.
Cuidado con los dedos.
No tomes esa pastilla con alcohol.
Esas conservas tienen aspecto sospechoso.
Abre una ventana o te intoxicarás.

Y así por el estilo. Ya sé, ya sé, sonamos como una mamá reprendiendo a sus hijos. Disculpen eso. Al igual que las madres, hablamos así debido a la experiencia, nada más. Después de haber visto a cuatro o cinco personas sufrir accidentes estúpidos por desoír nuestras advertencias, a los cerebritos se nos suele escapar ese fastidioso tonito de superioridad.

No soy la única que ha notado cuán a menudo los cerebritos son ignorados. ¿Han visto alguna película de cine catástrofe? En ellas SIEMPRE hay un pobre y sufrido cerebrito que no consigue convencer a los políticos de turno sobre algún desastre que se avecina.

En general los cerebritos lamentamos tener la razón sobre cosas malas, pero como también es algo molesto que nos ignoren todo el tiempo, a menudo terminamos diciendo...



Háganles caso a los cerebritos. ¡Para eso estamos, igual que las enciclopedias! De lo contrario, no se enojen si les decimos...


G. E.

14 de julio de 2010

EXPLICANDO A LOS CEREBRITOS

Los cerebritos somos personas bastante particulares, incomprensibles y a menudo simplemente estrafalarias. Y no me refiero al aspecto, aunque en general a los cerebritos nos importa poco la moda. (Eso no quiere decir que los cerebritos no sepamos vestirnos con un mínimo de elegancia; habrá algunos que metan la pata, pero cualquier cerebrito debería ser capaz de una tarea tan simple. Al fin y al cabo, hacemos cosas más complicadas, como inventar robots o escribir libros.)

Para empezar, un cerebrito no es un ser humano normal. ¿Recuerdan a los futbohólicos? Bueno, un cerebrito es bastante parecido, sólo que es una cruza entre un zombi, una esponja y un disco duro. Los cerebritos, en lugar de pensar en fútbol, estamos en una búsqueda constante e insaciable de información.


Asusta un poco, ¿verdad? :-D

En fin, ¿por qué nos interesa tanto la información? Ni idea. Pero si alguna vez han visto a un perro desesperarse por una salchicha, o un imán atraído hacia el hierro, o a un vampiro chupándole la sangre a su inocente víctima, más o menos podrán comprender cuál es la fuerza cósmica que impulsa a los cerebritos a llenar sus neuronas con datos y más datos. Es que no lo podemos evitar. Algunas personas se obsesionan con los deportes, otras con el sexo, otras con las cebras a cuadros; los cerebritos nos obsesionamos con el conocimiento, y nada nos produce más placer.

La mayor felicidad de un cerebrito es tener un libro nuevo. Sin importar cuáles sean las otras opciones, el cerebrito gravitará inevitablemente hacia el libro nuevo. Bueno, tal vez la decisión sea un poco más difícil si una de las opciones es una barra de chocolate, porque, ejem, a algunos cerebritos del sexo femenino también nos apasiona el chocolate. Somos cerebritos... ¿cacaofílicos?... ¿chocohólicos? (cacaohólicos no porque suena feo).

En fin, denle un libro nuevo a un cerebrito y de inmediato verán su reacción de suprema felicidad:


Eso sí: asegúrense de que sea un libro que valga la pena, porque a los cerebritos nos molesta mucho perder nuestro tiempo con malos libros. ¡Es tiempo que habríamos usado para adquirir información útil! Bueno, o quizás no tan útil pero interesante. Como cuáles son los hábitos reproductivos de las anémonas, o por qué los guisantes son esféricos en lugar de dodecaédricos (¿no les encanta la palabra "dodecaedro"?; a mí me fascina, y también los dodecaedros).

Los cerebritos han sido importantes a lo largo de la historia, de modo que hay unos cuantos cerebritos famosos:

Albert Einstein
Marie Curie
Stephen Hawking
Emmett Brown
Lisa Simpson
Ciro Peraloca (también conocido como Giro Sintornillos)
Hermione Granger
Cerebro (el que trata de conquistar el mundo)
Thomas Edison
Doctor Frankenstein (aunque ése metió la pata)
Charles Xavier
Isaac Asimov
Spock (sí, el de las orejas puntiagudas)
R2D2
J. R. R. Tolkien (inventó varios idiomas, menudo cerebrito)
Gil Grissom
Sheldon Cooper y Amy Farrah Fowler

Y no me digan que R2D2 no es un cerebrito, ¡porque es más inteligente que la mitad de los personajes de La guerra de las galaxias! Especialmente Chewbacca. Vamos, que Chewbacca no hace más que quejarse durante toda la serie.

Cosas que no nos gustan a los cerebritos:

reality shows (disminuyen nuestro coeficiente intelectual)
personas menos interesantes que un libro
libros menos interesantes que un caracol (desperdicio de papel)
actividades monótonas
canciones idiotas y pegadizas (ocupan recursos mentales)
largas filas para hacer un trámite público
contradicciones evidentes (exasperan nuestra lógica)
estupidez general de la humanidad

Otra característica de los cerebritos: nuestra capacidad de concentración. Cuando un cerebrito está adquiriendo o poniendo en práctica sus conocimientos, casi nada podrá distraerlo de dicha actividad. Edison, por ejemplo, se encerraba a inventar cosas y se olvidaba de comer. Menos mal que estaba casado y su mujer le llevaba la comida, o habría muerto antes de inventar las lamparitas. Imagínense, todo este tiempo habríamos tenido que usar velas. Menudo inconveniente.

Un cerebrito concentrado es un cerebrito "en la zona". O sea, inmensamente feliz e inconsciente del paso del tiempo. Si averiguan que el mundo va a acabar mañana, denle un libro a su cerebrito más cercano y se irá al más allá sin enterarse de lo que pasó.


En cuanto a mí, esta cerebrito se va a leer un libro mientras come un pedazo de chocolate :-)

G. E.

8 de julio de 2010

MATRIMONIO GAY

Hace unos días se aprobó el matrimonio gay en Argentina y se está considerando la idea en Uruguay [4/08/16: ya está legalizado el matrimonio homosexual en Uruguay]. ¡Qué bien! Por supuesto, como cada vez que se hace algún avance en materia de derechos civiles, hubo gente que puso el grito en el cielo. Y yo me pregunto: ¿no tienen nada mejor que hacer? En serio, ¿qué tanto les ofende que dos personas del mismo sexo se casen, si son adultos y se aman? Miren a estas lindas parejitas a punto de decirse el sí:


Ay, ¿no es tierno? ¿Les vamos a negar el derecho de casarse y vivir felices para siempre sólo por una cuestión de cromosomas? Na-nay, eso es cruel. Cruel, cruel, cruel. Como si no hubiera ya bastante gente desdichada en el mundo.

Igual confieso: siendo heterosexual, aún me descoloca un poquito cada vez que veo a dos hombres o dos mujeres besarse entre sí sin previo aviso. Pero es una cuestión de costumbre, como cuando cambian las modas de vestir o las expresiones idiomáticas. Mi esperanza es que tarde o temprano haya tanta libertad y apertura mental que los besos entre personas del mismo sexo no nos llamen la atención, por normales. Y es que SON normales, la verdad. Lo único anormal es que haya tanta represión que no se atrevan a besarse en público.

En fin, lo único que me desagrada de la homosexualidad es que cuando son hombres guapos, ¡son dos hombres guapos menos en el catálogo! Como si ya no fuera difícil para una mujer conseguir un espécimen masculino aceptable, encima éstos se casan entre ellos. Maldición. Tal vez la pérdida se compense con el número de lesbianas: así disminuye la competencia por los hombres que quedan disponibles (hay que verle el lado positivo a todo).

Yo sé que mucha gente está en contra del matrimonio gay por razones religiosas, pero mírenlo de esta manera: ¿qué mas les da? De verdad, ¿no tienen otros pecados contra los cuales protestar? Esperen, les daré una lista: asesinato, robo, violación, pederastia, destrucción de propiedad pública, acoso escolar, tirar basura en la calle y comer especies en peligro de extinción (ejem-japoneses-ejem-ballenas-ejem). Y sobre las cuestiones matrimoniales, en algunos países las niñas son obligadas a casarse antes de la pubertad. Díganme si eso no es más grave que el matrimonio gay entre adultos enamorados.

Para los que creen en Dios (o Alá, o quien sea), deben admitir que el Creador no fue precisamente estrecho de miras a la hora inventar la sexualidad. Hay microbios que se dividen a la mitad, animales polígamos, bichos que hacen partenogénesis (los pulgones se multiplican sin sexo, aunque eso en realidad no suena muy divertido), animales que cambian de sexo cuando faltan machos o hembras de su especie, sapos que se aparean con cualquier piedra que tenga forma de hembra, caracoles hermafroditas, e incluso hay una especie de pez en que el macho se pega a la hembra y se convierte en un parásito (vaya, conozco hombres que hacen lo mismo).

Ah, y también hay animales homosexuales (para los que siguen insistiendo con que "no es natural"). ¿No me creen? Pues mala suerte, porque la homosexualidad está documentada en un montón de especies. Leí un caso sobre un cisne macho que, una vez que la hembra puso los huevos, la expulsó de ahí ¡para traer al nido a su pareja masculina!

* Soy un macho, estúpido.
** Lo sé. ¡Pero creo que eres sexy!

Ya sé, ya sé, la Biblia y otros textos sagrados condenan la homosexualidad. Pero siempre he cuestionado eso, porque, a menos que puedan probarme lo contrario, los textos sagrados fueron escritos por hombres, y los hombres heterosexuales tienden a ser homofóbicos. El origen masculino de esos textos sagrados también explicaría por qué casi todas las religiones son machistas (y mejor no empiezo con eso porque rodarían cabezas).

En fin. Para los ateos a quienes moleste el matrimonio gay, por razones prejuiciosas y poco científicas (recordemos que en su tiempo había gente que se manifestaba en contra de la igualdad racial y el voto femenino), también hay una serie de causas más útiles en las que emplear su tiempo. El calentamiento global, para empezar.


Antes de preocuparse por el matrimonio gay, traten de calcular su huella de carbono. ¿Listo? Bien. Ahora empiecen a disminuirla, comenzando por el reemplazo de todas las lamparitas incandescentes. Nuestro planeta se está derritiendo, por si no lo han notado; eso es más importante que el matrimonio gay. Otras cuestiones más relevantes por las cuales preocuparse:

el hambre mundial
el tráfico de drogas
gente tonta que se reproduce
basura tecnológica
conservantes alimentarios
accidentes de tráfico
políticos idiotas
vampiros (vaya que son una plaga últimamente)
cucarachas que se meten en los zapatos (¡puaj!)
parásitos intestinales (¡doble puaj!)
pésimas remakes de películas
terrorismo
comida chatarra
bolas de polvo debajo de la cama
tortugas ninja mutantes adolescentes
libros que no valen el papel en que fueron impresos
la situación de Haití
arte moderno horrible
Godzilla
enfermedades incurables
teorías conspiranoicas
la muerte y los impuestos (¡inevitables!)
caniches psicópatas
los disparates de Hugo Chávez [4/8/16: de Nicolás Maduro]
alimentos genéticamente modificados
huracanes y terremotos
la rebelión de las máquinas
días torpes
huevos vengativos que salpican aceite desde la sartén

Si acaso, pueden unirse a mi investigación científica para prevenir la calvicie prematura de los árboles. Es un problema muy serio, no deberíamos ignorarlo...


¿A quién le importa ahora si los homosexuales se casan o no se casan? ¿Verdad que ya no parece una catástrofe de proporciones colosales?

En lo que a mí concierne, me pueden invitar a sus bodas cuando la cosa sea legal por aquí también :-) (¡y vengan a mí esos ramos!).

G. E.

2 de julio de 2010

DÍAS TORPES

De acuerdo, lo confieso: no siempre tengo la gracia de una bailarina de ballet un pato más o menos coordinado. Como dice la expresión en inglés, a veces uno tiene un mal día de cabello. Sólo que en mi caso, además de tener malos días de cabello pelambrera, también tengo malos días de coordinación motriz. O sea, días torpes.

Detesto los días torpes. Trato de evitar los días torpes, pero van más allá de mi control igual que los políticos idiotas o los pelos de mi gato en la alfombra (no hay caso, la aspiradora no los chupa; tampoco a los pelos). Entonces, cualquier movimiento que yo haga se vuelve un peligro para mi propia seguridad o incluso la pública. Los días torpes son aún peores cuando no he dormido bien, lo cual ocurre a menudo (estúpido insomnio). Cuando no he dormido bien me cuesta coordinar el habla, por lo que mucho menos tengo control sobre todo mi sistema musculoesquelético. Menos mal que no tengo ocho brazos, como un pulpo, o se me enredarían. (Por cierto, hablando de pulpos: ¿no es asombroso el pulpo Paul? ¡Quiero uno! Pero lo llamaría Pablito o quizás Deuteronomio, para no incurrir en anglicismos.)

En fin. Tengo un largo historial de días torpes, aunque al principio no sabía que eran días torpes (bendita inocencia; tampoco conocía el acné ni el colesterol).

Cuando era pequeñita, mi madre estaba preparando masa para unos panqueques. Dejó el recipiente sobre la mesa, y yo, llevada por la curiosidad, le eché mano y volqué toda la masa sobre mi cabeza. Menos mal que no me acuerdo de eso, porque al parecer mi madre se rió como loca (gracias, mamá, qué comprensiva).

Unos años más tarde, me caí en la piscina de una amiga. Ese día el agua estaba muy sucia y llena de anfibios. O sea, de la piscina me fui directo a la ducha.


Poco después de eso cometí la torpeza de sentarme sobre un nido de hormigas. Menos mal que no eran hormigas rojas, de las que pican; pero vaya que me costó quitármelas de encima. Tenía hormigas hasta en la raya del culo trasero.


Por supuesto, nunca me fue bien en los deportes. Hoy en día aún me aterra la idea de participar en ellos, especialmente los que requieren una pelota de cualquier tamaño. Y ni que hablar de la gimnasia. Una vez tuve que saltar por encima de un potro, y al llegar al otro lado me desplomé como un saco de patatas. Creo que en algún momento supe pararme de manos, pero si lo intentara hoy en día seguro terminaría con una fractura de las cervicales, así que me limitaré a hacer yoga. Siempre y cuando no tenga que poner a prueba mi equilibrio, desde luego.

Me salvé de fracturarme un brazo o dos, porque me encantaba subir a los árboles y nunca me caí. Bendita casualidad de evitar los días torpes en esas ocasiones. No volveré a tentar a la suerte, a menos que tenga que escapar de un toro furioso o un caniche psicópata (nunca se fíen de los caniches; detrás de ese pelo suave y rizado se esconden unas bestias incontrolables).

Ahora soy bastante más coordinada, pero por más que intento caminar y moverme con cierta gracia, a veces todavía me ganan los días torpes, y entonces me golpeo contra los muebles y sufro accidentes bastante tontos (no sé si hay accidentes inteligentes). Mi última estupidez fue torcerme el mismo tobillo tres veces en un lapso de cuarenta y cinco días. Me extraña no haber quedado como los flamencos, con una pata en el aire.

Sin embargo, una de mis torpezas más grandes fue golpearme el ojo con el extremo de un bolígrafo. No me pregunten cómo lo hice. Estaba escribiendo y de pronto ¡zas!, el bolígrafo chocó contra mi ojo. No puedo reproducir con exactitud el incidente (repito: fue muy confuso), pero debió de ser algo como esto:


No me saqué el ojo, pero me quedó una mancha roja y redonda en la esclerótica, justo al lado del iris. Menos mal que con el tiempo se borró, porque me veía rarísima.

En fin, mis planes son llegar a vieja en un estado más o menos normal (o sea, con todas las partes de mi cuerpo en su sitio y funcionando), de modo que uno de mis objetivos es identificar los días torpes y minimizar su impacto. Por ejemplo, en los días torpes debo evitar una lista de cosas:

maquinaria pesada
objetos punzantes/cortantes
patines/patinetas (ruedas en general)
superficies resbalosas
bates de béisbol, palos de golf
instrumental quirúrgico
obstáculos en general
tijeras de podar, sierras eléctricas
lanzallamas
bebés (por el bien de ellos)
bolígrafos, piscinas y nidos de hormigas (ver antecedentes)

Si acaso me ven en un día torpe, por favor mantengan su distancia. Ninguna precaución estará de más.

G. E.


Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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