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29 de noviembre de 2010

ROSAS SALVAJES... ¡LITERALMENTE!

¡Vaya que sueño cosas raras! El otro día soñé que estaba en mi casa, y todo parecía normal. Tenía estas bonitas rosas rosas en un florero... pero las rosas estaban un poquito más vivas de lo normal, porque podían moverse ¡y encima eran malvadas!


Quizás eran rosas mutantes o transgénicas (total, estos científicos ya no saben qué inventar). O quizás estaban poseídas por un demonio. ¿Dónde hay un exorcista de flores cuando uno lo necesita? ¿En los jardines del Vaticano?

En fin. La cosa es que me acerqué a las rosas y ellas trataron de atacarme con sus espinas. Luego mi gato pasó junto a las rosas y también fue martirizado por las perversas flores mutantes/poseídas/rabiosas. El pobre chilló al verse envuelto en espinas y salió corriendo a toda velocidad. Se ve que dieciocho garras felinas no son rival para un montón de espinas de rosas.

Desde luego, esto le da un nuevo significado a la frase "enzarzarse en una pelea" :-D

No recuerdo si en mi sueño hice algo con las rosas pendencieras. Probablemente no. Al fin y al cabo, eran bonitas. Siempre y cuando uno no se les acercara demasiado, claro está.

Pero vaya con este mundo en decadencia. ¡Ya no se puede confiar ni en las plantas!

G. E.

23 de noviembre de 2010

MANEJO DOMÉSTICO DEL DRAGÓN

¿O será "manejo del dragón doméstico"? Porque si mi dragoncito Donald vive en una casa, eso lo convierte en un animal doméstico, ¿no? Menudo lío.

Como sea, ¿alguna vez se han preguntado qué se le da de comer a un dragón bebé, o mejor aún, qué cuernos se hace con sus excrementos? La verdad, yo nunca me lo había preguntado. Hasta hace poco tiempo tenía otras dudas existenciales más comunes y corrientes; por ejemplo, de dónde venimos y adónde vamos, qué carajo es la teoría de las cuerdas, cómo se resuelve ese maldito cubo de Rubik, y qué piensan algunos políticos si es que realmente piensan algo (misterio aún mayor que el de las pirámides).

Pero ahora tengo un dragón en casa, y eso supone toda una nueva gama de preocupaciones. Al pelo de gato en las alfombras se han sumado las escamas, inconveniente que puedo seguir arreglando con la aspiradora, pero a diferencia de la comida de gato, en los supermercados no venden comida para dragón, así que tuve que improvisar.

Empezamos bien con la leche de vaca, enriquecida con algo de manteca y huevo tal como se les da a los perritos o gatitos huérfanos. Pero mi dragoncito empezó a sacar dientes muy pronto, y cuando un animal cualquiera saca dientes, es hora de cambiar la dieta.


Al precio que está la carne de vaca, pensé que más me valía buscar una alternativa, así que probé con diferentes fuentes proteicas, empezando por las legumbres y los cereales integrales (eh, nunca se sabe, tal vez los dragones de leyenda eran vegetarianos y no lo sabíamos).


Eh... bien, descarté las legumbres para evitar una intoxicación por metano.

Luego pensé: "Hay caracoles en mi jardín. Y si los franceses comen caracoles, ¿por qué no habrían de gustarles a los dragones? Tal vez piensen que son viscosos pero sabrosos." (Los caracoles, no los franceses.)



¡Qué bien! He resuelto dos problemas de una sola vez. Y una vez que acabe con los caracoles de mi jardín, ¡podré recolectar los millones de caracoles que se arrastran por todo mi vecindario! Mmm, veré si puedo ganar algo de dinero por el control de plagas...

Pero todavía nos quedaba el asunto del excremento, y debo decirles que la popó de dragón no huele precisamente a rosas, con frijoles o sin ellos...


Sin embargo, hice un descubrimiento interesante después de que el dragón hizo sus cosas en mi jardín.


Y así fue como descubrí que, aunque eso no figura en los libros de mitología, el excremento de dragón es un estupendo fertilizante.

Comienzo a pensar que tener un dragón en casa será muy ventajoso para todos :-)


G. E.

17 de noviembre de 2010

LA REINA DE LOS ZOMBIS

No recuerdo muy bien cómo empezó este sueño, pero en algún momento yo estaba en la sala de estar de mi casa, poniéndome unas zapatillas de deporte. Llevaba puesto un vestido blanco de encaje muy bonito. No combinaba con las zapatillas de deporte, por supuesto, ¡pero yo no me pongo tacones ni en sueños!

Como sea, tuve el presentimiento de que algo malo se aproximaba. ¡Algo terrible! Y ese algo terrible era... ¡una plaga de zombis! Estaban dentro de mi casa, de modo que salí afuera y empecé a correr.


¿Lo ven? Por esto siempre son mejores las zapatillas de deporte que los tacones, incluso con los vestidos elegantes. Hacen más fácil la huida en caso de una plaga inesperada de zombis.

Sin embargo, los zombis eran bastante rápidos, y una mujer zombi me alcanzó y me mordió en el brazo, arrancándome un pedazo de carne. ¡Auch! Entonces yo también me convertí en una zombi, con vestido de encaje y todo.


Enfadada con la mujer por haberme convertido en zombi sin permiso (¿verdad que es de mala educación?), me desquité mordiéndole un dedo. ¡Ja!


Curiosamente, era la Noche de Brujas y la calle estaba decorada con globos anaranjados y negros. Unida ahora a la horda de zombis, todos comenzamos a pinchar los globos y a cometer otros divertidos actos de vandalismo.


Entonces me di cuenta de algo: a pesar de que yo era una zombi, mi mente seguía intacta. ¡Yo era una zombi inteligente!

¡¡Era por eso que llevaba el elegante vestido de encaje!! ¡¡Yo estaba destinada a ser LA REINA DE LOS ZOMBIS!!


Fue un reinado feliz y próspero... hasta que sonó el despertador :-P

G. E.

11 de noviembre de 2010

EL BEBÉ DRAGÓN

¿Los ha carcomido la intriga desde que leyeron este otro artículo? ¿No podían pensar en otra cosa más que en el contenido de mi huevo misterioso? (Si acaso pudieron pensar en otra cosa, no me desilusionen diciéndome la verdad, ¡porfis!, que no tengo mucha vida social y por eso trato de imaginar que lo que digo tiene alguna relevancia. ¡Gracias!)
Pues bien, después de que esa intrigante garra azul asomó del agujero en la cáscara, el resto del contenido del huevo se dejó ver ante mis asombradísimos ojos...


¡Un dragón! Esto sí que no me lo esperaba. Habría imaginado que sería un lagarto o una gallina muy colorida, pero de todos modos fue una sorpresa agradable. ¡Me gustan los dragones! Son interesantes y misteriosos, ¡y además rugen y escupen fuego! "¡Hola, dragoncito!", le dije. Y el dragón me respondió:


¿"CUAC"? ¿Pero qué rayos...?

El dragón volvió a graznar. Sí, había escuchado bien: la impresionante bestia mitológica (o ya no tan mitológica) tenía voz de pato. Entonces pasó algo raro: el dragón me miró a los ojos fijamente y luego su expresión comenzó a cambiar.



Ahí me di cuenta de que el bicho acababa de adoptarme como su mamá 8-O Debió de ser por los genes de pato. Las aves nidífugas se prenden al primer bicho que ven al salir del cascarón. Supe de un pollito de granja que tomó como madre a un tractor, y debo decir que fue una relación de lo más conmovedora, hasta el trágico día en que el pollito se puso por delante del tractor y... eh... mejor olvídenlo (menos mal que no soy un tractor).

Oh, bueno, uno debe aceptar a los hijos tal como vienen, así que ahora soy la orgullosa mamá de un dragoncito llamado Donald.

Arrorró mi neeeeeene...

Los mantendré informados sobre mi odisea maternal.

G. E.

5 de noviembre de 2010

EL HUEVO MISTERIOSO

En la madrugada del 1 de noviembre, cuando volví de mi alocada fiesta de Noche de Brujas, encontré que alguien había dejado un enorme huevo en mi puerta.


"¡Qué bien!", pensé. "¡Un huevo de Pascua!" Luego me di cuenta de que todavía falta mucho para la Pascua, y me llevé una desilusión. ¡Me encantan los huevos de chocolate!

Este huevo no parecía de chocolate, porque estaba tibio, se movía un poco y, al pegar la oreja a la cáscara, pude escuchar unos ruiditos. ¡El huevo estaba vivo! Es decir, su contenido. El único huevo vivo que conozco es Humpty Dumpty, un irritante personaje literario.

Miré a ambos lados de la calle. El propietario del huevo no estaba por ninguna parte, así que tomé la caja y la entré a mi casa. Entonces se me ocurrió que, puesto que lo había rescatado de la intemperie, ahora tenía el deber de incubar el huevo. Como chica aplicada que soy, puse trasero a la obra de inmediato.


Mi madre pasó junto a mí y dijo:

—¡Qué lindo, hijita! ¡Pareces El pensador de Rodin! Eh... no estarás ensayando para posar desnuda en una clase de arte, ¿verdad?

—No, madre, tranquila —respondí—. Sólo estoy incubando un huevo gigante que alguien dejó en la puerta.

—Ah, bueno, menos mal —dijo mi madre, y siguió su camino como si el hecho de que yo estuviera incubando un huevo gigante no tuviera nada de raro. Es que mi madre es un poco excéntrica.

Después de largas horas de sacrificada tarea incubatoria... de acuerdo, lo admito, fueron veinte aburridos minutos en los que descubrí que no tengo vocación de mamá pájaro. Como sea, después de esos veinte aburridos minutos resolví delegar la tarea a un ser más compatible con largos períodos de sedentarismo. O sea, mi gato.


Al principio se mostró algo desconfiado, pero mi gato tiene la increíble capacidad de dormir la siesta en todos los lugares y posiciones imaginables (dormiría sobre mi cara si yo se lo permitiera), de modo que a los pocos minutos se hizo una bola sobre el huevo y empezó a dormir.

Listo. Ya tenía quien se encargara de incubar el misterioso huevo.

Ayer por la tarde, el huevo dio señales de actividad. Dentro del mismo se escuchó un sonido como de pedorreo, y entonces...


Esta historia continuará...

G. E.

PD: Apuesto a que las palabras "posar desnuda" atraerán a unos cuantos babosos a través de Google. Pero no se ilusionen porque éste NO ES ESA CLASE DE BLOG. Sorry! Si alguien va a aparecer sin ropas, será un hombre, y para mi propia satisfacción. ¡Viva la revolución feminista!


Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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