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31 de octubre de 2013

NOCHE DE BRUJAS 2013 (CON LA MARMOTA)

¿¿He dicho ya que adoro el Halloween?? Pues si no lo he dicho, ¡¡ADORO EL HALLOWEEN!! ¡¡BUUUUUUUUUUUUUUU!!

Este año, mi dragón y yo decidimos celebrarlo de una forma muy inusual. ¿Recuerdan cuando tuvimos un Día de la Marmota? Pues bien, como el Halloween sólo dura un día, ¡nos fuimos a buscar a la dichosa marmota para hacer la fiesta muuuuucho más larga!

No fue tan fácil, sin embargo. Mi dragón no tiene olfato de perro, y por supuesto mi gato tiene olfato de gato (además, el minino nunca obedece órdenes). Por suerte contábamos con la ayuda del dinosaurio, el cual, sorprendentemente, incluye el rastreo en su larga lista de habilidades :-D Tardó unas horas en encontrar a la marmota, la cual estaba durmiendo en un parque. Pusimos al bicho en una canasta (no despertó en ningún momento), le colocamos un sombrerito de bruja (eso tampoco lo despertó), y dejamos la canasta en el jardín de mi casa para así dar inicio al ciclo de días repetidos :-)

¡Y con eso ya podíamos empezar a celebrar! Lo primero fue elegir los disfraces. Hacía tiempo que tenía ganas de darme el gusto, sobre todo después de la trilogía Piratas del Caribe, de modo que ¡me disfracé de pirata! Y disfracé a mi gato, también, aunque no le hizo mucha gracia (cosa que esperaba con ansias, ya que era mi venganza por esa manía que le ha dado al maldito bicho de despertarme a las 6 de la mañana con sus chillidos).


Como Gissel Sparrow o La Tuerta Escudero eran nombres demasiado obvios, me decidí por Short Gissilver, nombre que sólo podrán comprender quienes tengan un mínimo de cultura literaria. ¡Porque soy así de mala, ñajajajajaja!

En cuanto a mi dragón, durante los días anteriores se había peleado con el dinosaurio porque los dos querían ir de zombis, pero bueno, al final ganó el más grande. Mi Donald se pintó de verde putrefacto y rojo sangre vieja, se revolcó en un basurero para oler a podrido, y ¡listo!, ya era un zombi en toda regla. El dinosaurio, derrotado, se fue por su cuenta a pedir golosinas, bajo la amenaza escrita en un cartel de "DULCE O TE COMO UN PIE" (muy sutil).

Donald se tomó muy en serio eso de ser zombi. Recorrió las calles de Montevideo tambaleándose y babeando como si buscara cerebros. A los niños les hizo gracia y fingieron que escapaban asustados, y como los zombis están de moda, poco a poco algunos jóvenes disfrazados también de zombis comenzaron a seguirlo en una marcha. Media hora después parecía un episodio de The Walking Dead. Yo salí con ellos, pero antes de eso me dediqué a bajar música pirateada (sólo para ir a tono con el disfraz, ya que en realidad estoy en contra de la piratería).


Finalmente hicimos una fiesta con varios tipos de monstruos, aunque tuvimos que controlar a varios de ellos porque comenzaron a portarse mal. Los hombres-lobo borrachos, por ejemplo, se pusieron a marcar territorio por todas partes :-P (puaj). Los fantasmas contaminaron la ponchera con baba ectoplásmica, los vampiros no paraban de buscar cuellos, y la banshee gritaba con tanta fuerza que no dejaba oír la música (desconsiderada).

En fin, llegó la medianoche... ¡y el Halloween comenzó de nuevo! ¡Yay! Más dulces, más fiesta, más música pirateada, más caminatas de zombis por Montevideo y así una y otra vez (excepto que ya sabíamos cómo lidiar con los monstruos descontrolados). No sé cuántas veces repetimos el día, pero sí estoy segura de algo: ¡no quiero volver a ver un caramelo durante los próximos 5 meses, al menos!

Al momento de escribir estas crónicas, acabamos devolver la marmota al parque. Quedan dos horas y media de Halloween, así que vamos a rematar la fiesta en grande, quizás con algunas travesuras bien malvadas en casas de políticos ineptos. Ñejejejeje. Es posible que hasta salgan en las noticias y todo...

Como sea... ¡feliz Noche de Brujas!

G. E.

13 de octubre de 2013

¡OKTOBERFEST 2013! ¡SALUD! ¡HIP!

¡Y volvió la Oktoberfest! ¡Yipi! Este año cambiamos de destino por tercera vez... ¡quedándonos en Uruguay! ¿Recuerdan mi paseo a Casapueblo? Pues resulta que este año se celebró la Oktoberfest en el Hotel Conrad, así que ahí nos colamos mi dragón y yo. Fue fácil, dado que ingresamos por aire :-D (Bueno, más bien estuvimos a punto de estrellarnos en la piscina, pero Donald frenó a tiempo y evitamos quedar ensopados.)

En el hotel había, principalmente, argentinos y uruguayos. Ahora que lo pienso, es una pena que no vivan más alemanes en Uruguay, para que contagiaran a los ciudadanos de mi país su famosa puntualidad. En serio, que en Uruguay la puntualidad es tan rara que hasta yo me he cansado de ser puntual, porque luego tengo que esperar a todo el mundo :-P Como sea, tanto los argentinos como los uruguayos ya estaban bastante ebrios cuando mi dragón y yo caímos de sopetón en la fiesta, y aunque la mayor parte de las conversaciones sonaban divertidas, también hubo unas cuantas disputas porque el gobierno de Uruguay no se lleva nada bien últimamente con el gobierno de Argentina :-D Menos mal que mi Donald fue una buena distracción, o la cosa podría haber acabado en un incidente de proporciones internacionales.

Al final sí nos tiramos a la piscina, aprovechando el tiempo primaveral. A mí tuvieron que rescatarme cinco minutos después (no soy buena nadadora estando sobria, mucho menos llena de cerveza), mientras que Donald salpicó agua a diestra y siniestra. Un rato más tarde (mientras yo coqueteaba con un argentino guapísimo), ¡mi dragón había desaparecido! Salí corriendo a buscarlo. No estaba en el hotel, tampoco en los alrededores del mismo. Tras mucho buscar, me encontré con este panorama:


Si yo no nado bien tras beber mucha cerveza, pues mi Donaldito tampoco vuela bien estando borracho :-D El policía se vio en un aprieto, sin embargo: está prohibido que los automovilistas conduzcan bajo la influencia del alcohol, pero el Código Penal no dice nada sobre el castigo a dragones que vuelan en estado de ebriedad. Mi dragón iba a llevarse, pues, una multa por imprudencia y destrucción de propiedad ajena, pero entonces el poli me vio llegar y no tardó en endilgarme el papelito, condenándome a mí a pagar los 3.000 dólares. ¿Cargo? ¡Tenencia irresponsable de mascotas! (No pienso desembolsar ni un dólar o peso uruguayo. Le descontaré ese dinero a mi dragón del sueldo que cobra por espantar palomas en el aeropuerto.)

En fin, ya no había manera de regresar a la fiesta (Donald no podía volar y el guardia de seguridad no quiso dejarlo pasar por la puerta), de modo que nos fuimos a la playa donde TAMBIÉN había gente celebrando la Oktoberfest :-D Nos quedamos ahí hasta las 5 de la madrugada. Terminé con arena hasta en la raya del trasero (no me pregunten cómo, no lo recuerdo).

Para terminar, sólo puedo decir que... ¡fue otra Oktoberfest estupenda!

G. E.

PD: Le pegué el cuerno roto a Donald con una resina epoxi. Esa cosa pega todito.

FRAGMENTO DE EL DRAGÓN DE PIEDRA

Estaba tendido boca arriba sobre un pasto muy suave. Pensó que había soñado el episodio del dragón, pero cuando se incorporó y miró los alrededores, se dio cuenta de que no reconocía el paisaje.

Había ido a parar a un valle rodeado de montañas. Si lo había traído el dragón de piedra, eso aún tenía que confirmarlo, pero aquel sitio era real.

Entonces escuchó unos gorjeos detrás de él, y al darse vuelta se llevó otra gran sorpresa.

Un pequeño dragón, éste sí de carne y hueso, lo miraba con curiosidad. Era de color verde metálico, con ojos y garras púrpura, y agitaba su cola igual que un perrito. Parecía amigable. Feidos extendió una mano hacia él.

—No haría eso si fuera tú —dijo una voz femenina en alguna parte—. Incluso de bebés son bastante traicioneros. Vamos, pequeño, vuelve a casa. Casa, casa.

El dragoncito movió la cabeza y luego se marchó al trote. Tenía las alas demasiado pequeñas para volar.



Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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