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11 de noviembre de 2013

EL TERCER CUMPLEAÑOS DE MI DRAGÓN

No fue fácil decidir el regalo para mi dragón en su tercer cumpleaños. Quería que fuera alguna cosa típica de los dragones medievales, pero que no involucrara arrasar poblados ni devorar vírgenes sacrificadas (y yo sigo sin entender por qué las mujeres sacrificadas han de ser vírgenes; ni a los dragones ni a los dioses volcánicos ha de importarles un pimiento esa cuestión).

En fin, de pronto me vino un arranque de inspiración. Pensé: "¿Qué otra cosa es típica en las historias de dragones medievales?" Y la respuesta llegó por sí sola: ¡asediar castillos! :-D

Afortunadamente, gracias a las declaraciones de patrimonios históricos y todo eso, hoy en día sigue habiendo una enorme cantidad de castillos en pie por toda Europa.

—¡Feliz cumpleaños, Donaldito! —le dije entonces a mi dragón—. ¿Qué te parece si vamos a celebrarlo a lo grande en otro continente?

A mi dragón le encantó la idea, por supuesto (él nunca desaprovecha la ocasión de unirse a una fiestota, especialmente si se trata de la Oktoberfest). Volamos a través del Atlántico, pues, saludando a unos cuantos delfines, tiburones y calamares gigantes por el camino, y llegamos a nuestra primera parada: el Reino Unido. Más específicamente, Escocia.

Debido a tanta humedad ambiental, mi cabellera no tardó ni cinco minutos en ponerse como un pompón. Mi Donaldito se ofreció para secarla, pero le dije que no, gracias, y pasé la siguiente media hora cepillando todos esos pelos rebeldes a fin de atarlos en una trenza (mi Donaldito tiene buenas intenciones, pero cuando te sopla su aliento caliente a la cara, corres el riesgo de que tu cabeza entera acabe en llamas).

Llegamos, mientras tanto, al castillo Dunvegan. Encendí entonces un altavoz para poner música bailable, saqué mi cámara de fotos y mi Donaldito se fue a bailar y a hacer poses locas sobre una de las torres del castillo.


No tardaron en salir del castillo unos cuantos escoceses, quienes miraron a mi dragón con una mezcla de sorpresa, miedo e indignación. Mi inglés es bastante bueno, pero aun así me tomó un rato descifrar lo que ellos gritaban debido al acento escocés. Esto es más o menos lo que entendí:

—¿Es eso un dragón? ¿Vinieron a filmar aquí los productores de Juego de tronos y nadie nos avisó?

—¡No, parece un dragón real! ¡Increíble!

—¡Nos va a devorar a todos! ¡Auxilio!

—¡Va a estropear las torres del castillo! —Esto lo dijo uno de los encargados del mantenimiento. Hay que admirar su ética profesional, pues estaba más preocupado por la integridad del castillo que por la suya propia. O quizás pensó que, en caso de que mi dragón atacara, él podría correr más rápido que todos los demás.

—¡Eh, todos ustedes, tranquilícense! —exclamé yo (una vez que conseguí apartar la vista de las estupendas piernas de un escocés que usaba falda)—. ¡Mi Donaldito es inofensivo y sólo ha venido a celebrar su tercer cumpleaños! ¿Qué tal si ustedes se suman a la fiesta y le hacen una torta de oveja o algo? Él paga. —No me miren así, mi Donaldito gana más que yo por su trabajo en el aeropuerto.

Eso arregló las cosas, y al final no hizo falta que mi dragón pagara nada porque compensó los gastos de la fiesta al aumentar el flujo de turistas. (Creo que los japoneses le sacaron suficientes fotos a mi Donaldito como para ocupar la mitad del espacio en Instagram. Avísenme si las encuentran.)

Nos quedaban muchos castillos por visitar, sin embargo, de modo que nos despedimos de los escoceses y seguimos recorriendo el Reino Unido. Visitamos Inglaterra, después nos fuimos a Irlanda, y luego cruzamos hacia el continente para visitar Portugal, España, Francia y etc. Me sorprende que mi dragón haya podido volar tanto, porque en cada país consumió suficientes platillos tradicionales como para engordar cincuenta kilos. (Yo apenas engordé tres kilos... lo cual significa que, considerando mi diminuto tamaño, tendré que ponerme a dieta el resto del mes. Grunf. Los culpo a ustedes, españoles. Fue el país donde la comida me pareció más deliciosa.)

Por cierto, nos siguieron unos cuantos turistas japoneses, que se convirtieron en algo así como los groupies de mi dragón (pero sin nada sexual de por medio, obviamente... aunque una de las chicas japonesas no dejaba de acariciarle una pata a mi dragón en forma demasiado amistosa, lo cual nos hizo fruncir el ceño a todos los presentes).

Finalmente llegamos al castillo Neuschwanstein (tuve que copiar y pegar el nombre porque no me sale escribirlo sin errores). De cerca se veía aún más espectacular que en las fotos, con su espléndida arquitectura y sus alrededores llenos de árboles y nieve. (Les voy a dar unos minutos para que lo busquen en Google. ¿Listo? ¿Verdad que es precioso?) Claro que... el castillo Neuschwanstein no es medieval y definitivamente no lo construyeron pensando en un posible ataque aéreo por parte de dragones (o lo más común para la época medieval: grandes rocas lanzadas con catapultas), de modo que mi Donaldito se posó sobre él con mucho cuidado a fin de no romper nada.

Una vez más, hubo asombro, miedo, preocupación y etc., que pronto se convirtieron en admiración, ganas de unirse a la fiesta y acoso fotográfico por parte de los turistas. Uno de los alemanes dijo algo en tono muy alegre, y de pronto estábamos rodeados de salchichas y barrilitos de cerveza que sobraron de la última Oktoberfest.

Y bueno, al final del día estábamos todos tan borrachos que Donald y yo tuvimos que esperar veinticuatro horas para superar la resaca y volver a Sudamérica :-P

¡Que no se diga que no soy una buena mamá a la hora de festejar los cumpleaños de mi hijito dragón adoptivo!

G. E.


Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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