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6 de diciembre de 2014

ESTÚPIDA HONRADEZ

Hoy voy a hablar sobre un tema que me tiene a mal traer. O sea, el del título. (Obvio, no voy a poner semejante título y empezar luego a hablar de alpargatas.)

Desde niña me enseñaron que debía ser honrada. Que robar estaba mal, que mentir no era correcto, bla bla bla. Y más o menos insinuaban que si no era honrada iba a terminar en forma horrible, mientras que, siendo honrada, me iba a aparecer una especie de halo de virtud y todo me saldría bien en la vida.

A medida que alcanzaba la edad adulta me di cuenta de una triste verdad: la mayoría de las veces no parece que la honradez sea una gran ventaja. Y ya ni siquiera otorga un mínimo de prestigio; si hoy en día dices que eres honrado (y cometiendo la estupidez de mencionarlo como si fuera motivo de orgullo), lo más probable es que se rían en tu cara. Al final, el valor de la honradez es tan verídico como esos cuentos de hadas donde la campesina pobre pero de buen corazón salva a la anciana en peligro, descubre que en realidad era un hada disfrazada, luego el hada la convierte en princesa, y finalmente la campesina-princesa se casa con un apuesto príncipe y ambos viven felices para siempre.

Buf. Patrañas. Puras patrañas.

Desde hace un tiempo vengo preguntando en Twitter y Facebook para qué cuernos sirve la honradez, y nadie me ha dado una respuesta satisfactoria. O todos nos hemos vuelto demasiado cínicos, o mi temor de que la honradez no sirva de nada está por completo justificado. A ver, alguien me dijo que "la honradez sirve para tener una especie de estándar y tomar las decisiones correctas". Ajá. Eso suena más o menos razonable. Pero otra persona me contestó que "la honradez sólo sirve para que la gente deshonesta se aproveche y te pase por encima".

La honradez funcionaría si todos fuéramos honrados. El mundo sería entonces una verdadera maravilla. El problema es que estamos rodeados de demasiada gente que no es honrada, y entonces los honrados, así como los herbívoros, nos encontramos en desventaja.

En Uruguay los buenos pagadores nos denominamos "los nabos de siempre". ¿Por qué? Porque nadie nos premia por pagar a tiempo, mientras que, si tienes suficiente deuda acumulada, lo más probable es que el gobierno termine haciéndote un descuento para ver al menos una parte del dinero.

Encima, es soberanamente común que la gente deshonesta consiga en poco tiempo grandes sumas de dinero que las personas honradas no veremos en toda una vida de duro trabajo. Ejemplos: narcotraficantes, directores de banco que se fugan con los ahorros de las personas, empresarios que evaden impuestos, proxenetas y contrabandistas.

Díganme si no dan ganas de golpearse la cabeza contra un muro y putearse a uno mismo por tener conciencia y permanecer honrado.

Como me he mantenido honrada a pesar de todo, la gente que me conoce sabe que puede confiar en mí y que nunca voy a robarles nada ni a aprovecharme en forma alguna de su confianza. Hasta ahí vamos bien. Lo triste es pensar que, si fuera contadora y hubiera maquillado las cifras para quedarme con algunos cientos de miles de dólares de un millonario incauto, ahora mismo podría estar navegando en mi yate rumbo a Europa.

Tampoco estoy muy segura de estas otras cualidades sirvan de mucho:

a) La belleza interior. Sobre todo para las mujeres. Porque si eres linda por dentro pero por fuera careces de atractivo, lo más probable es que pases totalmente desapercibida, por mucha bondad que albergue tu corazón.

b) La inteligencia. A menos que sea una inteligencia de tipo maquiavélico que sirva para dominar el mundo, ya he mencionado que los cerebritos en general estamos soberanamente infravalorados. (Al menos ahora tenemos la serie La teoría del Big Bang. Sin embargo, la única integrante del grupo que realmente encaja en la categoría de cerebrito es Mayim Bialik, la actriz que encarna a Amy Farrah Fowler.)

c) La empatía. Vamos, que te pones en el lugar del otro, cedes el asiento a un anciano en el autobús, ¿y qué ganas? Un "gracias" y viajar de pie el resto del camino. Los demás pasajeros se hacen los despistados mientras siguen cómodamente sentados.

d) La puntualidad. Bueno, esto es útil en el trabajo, pero ¿fuera de él? Lo único que ganas es tener que esperar al todo el mundo. Puaf.

e) El raciocinio a la hora de votar. Te tomas el tiempo de informarte para saber qué políticos están realmente capacitados para el puesto, pero luego tienes en contra a una mayoría de votantes-borregos que votan a cualquier idiota carismático, acompañado además por un grupo de senadores y diputados con un nivel educativo cuestionable y ciertas tendencias antidemocráticas. Doble puaf.

d) Un agudo sentido de la ironía. Ah, no, esperen, sí entiendo que esta cualidad no sea muy apreciada. Aunque, como las otras, tampoco sirve de mucho, salvo para redactar entradas como ésta :-P

En fin, creo que voy a seguir siendo honrada. Pero no porque sea redituable en algún sentido, sino porque a estas alturas ya no me sale ser de otra manera.

Disculpe, señor, se le ha caído esta billetera llena de billetes de 100 dólares. (Que podría haberme quedado para comprarme una nueva cámara digital, pero no lo haré porque soy estúpidamente honrada. U honradamente estúpida.)

PD: Si alguien tiene buenos argumentos para convencerme de que la honradez sí tiene valor después de todo, ¡por favor, que me lo diga al instante! Ni yo me aguanto cuando estoy tan cínica.

FRAGMENTO DE HISTORIAS DEL DESIERTO

Hay días en que las cosas simplemente no salen bien, ya sea porque las estrellas así lo determinan, o porque errores pasados vuelven a uno en forma de horribles consecuencias, o por casualidades tan improbables como pincharse un pie con un único clavo perdido en la vastedad de Huru. Urel y Caleto preferían pensar en eso antes que achacarle la responsabilidad de un mal día al verdadero culpable: su propia, inherente y monumental torpeza.

Ellos eran hermanos y ladrones por vocación. Querían ser los mejores del desierto, pero al parecer el destino les había jugado una mala pasada, eligiendo para ellos una meta que no estaban en condiciones de superar. Su madre, una mujer sabia, se había dado cuenta de eso desde que ambos eran niños, y por tal razón había insistido en que eligieran una profesión más acorde a sus capacidades; algo sencillo, como vender alfombras o criar ovejas (cabras no, porque les ganaban en astucia). Urel y Caleto, sin embargo, seguían empeñados en dedicarse al robo, entendiendo que las posesiones materiales no estaban pegadas a sus dueños y por lo tanto eran susceptibles a cambiar de manos. Lo que no entendían era que los dueños solían ver con malos ojos dichas transferencias, y considerando la torpeza de los hermanos, el resultado habitual no era el traspaso exitoso del bien en cuestión sino un conjunto de heridas y moretones que no favorecían a los bandidos. Pero debían de tener algún pequeño astro de su lado, porque de momento no habían caído en prisión y conservaban en su lugar ciertas partes de su anatomía. La cabeza, por ejemplo, que resulta imprescindible para tantas cosas.

Después de su último robo fallido, los hermanos habían terminado en medio del desierto sin sus dromedarios, las botas de Urel, los pantalones de Caleto ni un ganso de color naranja que podía hablar, aunque sólo dijera obscenidades. De todo eso, lo más interesante había sido la cuestión de los pantalones, pero era una historia larga y Caleto no estaba dispuesto aún a contarla, porque se ponía colorado y empezaba a tartamudear cada vez que pensaba en lo ocurrido. Lo importante era que ambos hermanos estaban en alguna parte de Huru enfocados en un solo objetivo: sobrevivir. No se puede hacer mucho más cuando uno está rodeado de dunas hasta donde alcanza la vista, incluso con una luz guía señalando el camino hacia la civilización.

6 comentarios:

  1. No todo el mundo sabe apreciar la honradez. Al final sólo sirve para uno/a mismo/a y para las personas que los rodean(las que también son honradas)
    Qué pasaría si la gente honrada que queda en el mundo, se vuelve al otro bando? Viviríamos mejor?
    Claro que, con esto, no pretendo convencerte de nada.
    Un abrazo!

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    1. Más bien diría que las personas honradas deberíamos mudarnos a nuestro propio planeta :-D ¡Abrazos para ti también!

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  2. ser honrado es sinónimo de ser orgulloso, orgulloso de si mismo, de quien eres, de distinguirte como individuo entre los demás, entre esa masa deshonesta de personas. las cualidades que nombras son valiosisimas para quien las posee, pues sabe lo difícil que es cultivarlas en esta sociedad que describes. ser honrado es también escuchar a tu conciencia, "que no es otra cosa que la voz de sus antepasados, poco importa lo que el resto del mundo piense de ti, pues encarnas tu verdad y combates por ella. solo contra todos si es necesario"... y recuerda que si esta cualidad ha venido siendo transmitida por generaciones en generaciones es debido a que nos ha servido como método de supervivencia, el mundo en el que habitamos giro solo por miles de años ciñéndose a leyes naturales implacables. y que igualmente el humano logro su existencia superior, no siguiendo las ideas de los ideólogos deshonestos sin honra, sino a la comprensión y aplicación de esas leyes naturales tan antiguas como la creación. un saludo!

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    1. Gracias por el comentario. Lo que has puesto suena muy, muy bonito. Voy a tratar de creer en ello :-)

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  3. Para mí la honradez es una cuestión de fe, pero no fe en Dios, que soy ateo y no creo en ninguno, sino en la honradez, en que vale la pena ser honrado aunque no pueda presentar ninguna prueba, aunque sea más fácil probar lo contrario. Por lo menos yo trato de tomarmelo así. Un rato antes de morir me gustaría poder decir "fui un buen tipo, y si no sirvió de nada que eso sea una injusticia, pero yo puse lo mío".
    Pero haciendo el esfuerzo de encontrar una utilidad de la honradez me pregunto ¿qué pasaría si la honradez no existiera? y pienso que si todos viviéramos robandonos y mientiéndonos en todo momento, con los vecinos, con los hermanos, los padres a los hijos, etc, pues que no se podría vivir, me es imposible imaginarme una sociedad que funcionara así. Entonces creo que para la sociedad no se termine de descalabrar por entero hace falta, es necesario, que por lo menos algunos giles seamos o hagamos el esfuerzo de ser honrados, algo así como los justos que sostienen el mundo y sin los cuales no vale la pena. Saludos.

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    1. MIL GRACIAS. Creo que la tuya es la mejor respuesta que he escuchado hasta ahora. Voy a imprimirla para tenerla como recordatorio de por qué debería mantenerme honrada como hasta ahora :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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