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14 de febrero de 2015

SOBRE DIOSES GRIEGOS Y ROTTWEILERS

Ya lo he dicho más de una vez: odio el Día de los Enamorados. Y odio también a Cupido en su representación de niño cursi con flechitas y pañales. ¡Es absolutamente detestable para quienes preferimos el Halloween!

Por todo lo anterior es que me impuse de nuevo esta misión: liquidar al ñoño de Cupido (cosa difícil, puesto que es un dios griego inmortal), o como mínimo hacerle la vida de cuadritos.

Decidí intentar un enfoque más sutil: en lugar de armas pesadas, y como últimamente está de moda el tiro con arco (gracias a Mérida, Katniss y Hawkeye), me conseguí un bonito arco y un montón de flechas, estas últimas envenenadas con la toxina cutánea de las ranas amazónicas (me pareció un bonito toque folclórico).

No me molesté en tomar clases de tiro con arco porque he estado practicando mucho en sueños (una vez con Oliver Queen, puestos en ello), y el entrenamiento onírico ya me pareció perfectamente válido para este blog :-D

Me fui entonces a cazar a Cupido, y por allí andaba él, flechando a la gente al tuntún y generando un montón de besuqueo en público (y no es que yo esté específicamente en contra de los besuqueos, pero llega un punto en que ya te dan ganas de decir a los involucrados que se busquen un hotel, por el amor del cielo). Saqué una flecha de mi aljaba, tensé el arco, solté y...

... Cupido se movió a la izquierda y mi flecha le dio a un delincuente, que cayó muerto en pocos segundos debido a la parálisis respiratoria.

¡Maldición! (Bueno, maldición a medias porque al menos cayó el delincuente, adiós, adiós, nadie te va a echar de menos.) Había perdido todo el factor sorpresa. Cupido huyó de mí agitando sus suaves pero ridículas alas de paloma, y yo lo seguí corriendo a la mayor velocidad posible para mi corta estatura. Qué no habría dado en ese momento por tener piernas largas y poderosas como las de Usain Bolt, al menos por cinco minutos...

Mientras tanto, seguí disparando flechas pero ninguna dio en el blanco. Sí le acerté a ocho delincuentes más, un motociclista imprudente y un político imbécil. Si quieren saber cómo fue esto posible, no sé, será que la proporción de estas personas ha aumentado mucho con respecto a la gente honrada en Uruguay. Tendré que hacer un cálculo de las probabilidades estadísticas :-P (ya que tuve que comerme esas aburridas clases en la facultad, no viene mal tener una ocasión para poner el conocimiento en práctica).

Y por fin, casi que por casualidad, ¡una de mis flechas le dio a Cupido en el talón, igual que a Aquiles! Sin embargo, a diferencia de Aquiles, el talón de Cupido no era tan débil, de modo que Cupido siguió volando, aunque más despacio. Le lancé cuatro flechas más. Y otras cuatro. Cupido cayó al suelo convertido en una especie de alfiletero emplumado, ¡pero se rehusaba a morir, el muy cretino! Comenzó a arrancarse las flechas con una mano medio paralizada por el veneno. Sonreía. Me dijo algo en griego, que seguramente debía de significar: "Si no pudiste matarme en el pasado con un lanzallamas, mucho menos con un montón de flechas envenenadas."

Vi entonces que Cupido había perdido su arco y algunas flechas. Los levanté del suelo y volví a apuntar. Cupido se encogió de hombros como diciendo: "Son mis flechas, no tienen poder alguno sobre mí." Enfadada, cambié de blanco y le disparé... al rottweiler más cercano. Después levanté a Cupido por el cogote y se lo mostré.

—¡Mira, lindo perrito, mira qué criatura tan adorable he encontrado para ti! —dije.

Al rottweiler se le llenaron los ojos de amor e instinto reproductivo. Cupido, a su vez, puso cara de pánico y trató de zafarse de mi mano. Lo solté. El rottweiler fue tras él y yo me quedé atrás, partiéndome de la risa.


Mejor ni les cuento lo que pasó cuando el enorme bicho cargado de testosterona le dio alcance a Cupido. Recuerden que éste es un blog más o menos apto para todo público. Lo que sí puedo decir es que no fue nada, nada bonito, y al final sólo quedó un pañal hecho trizas. Creo que escuché a Cupido lloriquear detrás de un arbusto.

En fin. No conseguí liquidar a Cupido, pero al menos le hice ver cuán malo puede ser lo de flechar a las personas (o criaturas peludas) equivocadas. Y en cuanto al resto de mis flechas envenenadas... las usé para liquidar a unos cuantos delincuentes más. Total, el gobierno de mi país no está haciendo la gran cosa para detenerlos (o mejor dicho, hasta parecería que los está defendiendo).

Fue un Día de San Valentín bastante productivo, después de todo :-)

G. E.


Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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