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11 de noviembre de 2015

EL QUINTO CUMPLEAÑOS DE MI DRAGÓN

A veces es complicado hallar el regalo ideal para un ser querido, ya sea porque no sabemos qué regalarle o porque sí sabemos qué regalarle pero el objeto en cuestión no abunda.

En esta ocasión me pasó lo segundo. Hacía mucho que deseaba regalarle a mi dragón una cueva con tesoro (vamos, es que es un clásico), pero la verdad es que ¡está muy difícil encontrar una que no pertenezca ya a alguna corporación minera!

Tras mucho buscar, creí haber hallado la cueva perfecta. Estaba en un sitio remoto, no tenía ninguna valla alrededor, y en sus rincones se veían destellos de piedras preciosas. ¡No podía pedir más que eso! Por lo tanto, una vez que llegó el cumpleaños de mi dragón, llamé a Donaldito y los dos volamos hacia la cueva.

Estaba a punto de desearle a mi dragón un feliz cumpleaños, y de presentarle su regalo, cuando de pronto se nos aproximaron varias figuras pequeñas y furibundas armadas con herramientas de minería.

—¿Quién eres tú y quién fue el soplón que te pasó las coordenadas de nuestra cueva mágica? —me espetó una de esas figuras.

—¿Cueva mágica? —respondí, algo confundida. Mientras tanto, me puse a contar a los enanos: eran siete.

—Sí, cueva mágica. Una cueva protegida mediante un hechizo mágico para evitar que la encuentren los ladrones.

—Ah, interesante. No sé, yo sólo llegué aquí buscando una cueva en un terreno público y deshabitado para mi dragón. —Aquí señalé a mi dragón, quien dio un paso adelante, saliendo de las sombras.

Uno de los enanos pegó un chillido y salió corriendo.

—¡¡¡Aaaaaah!!! ¡¡Un dragón!! ¡¡¡Fuego, muerte, desolación y ruinaaa!!!


—Qué exagerado —dije yo. El enano se perdió de vista, otro de ellos fue a amenazar a Donald con su cuchillo—. Oigan, lamento el malentendido —continué—. Simplemente buscaba un regalo para mi Donaldito, dado que hoy es su cumpleaños. Si esta cueva no está disponible, nos iremos a otra parte. Por cierto, qué barbas tan bonitas. Deberían hacerse trencitas, como los vikingos. —Uno de los enanos acarició su barba, muy orgulloso.

—¿Eres pariente de Blancanieves? —me preguntó el enano más viejo.

—¿Qué, por la piel blanca? No, simplemente evito el sol porque me quemo en lugar de broncearme. Pero sí les juro que mi dragón y yo somos inofensivos.

Esto pareció tranquilizar a los enanos, quienes bajaron sus herramientas. El enano asustado asomó la cabeza por encima de una estalagmita.

—Obviamente el hechizo protector que nos vendieron no era tan efectivo como afirmaba en el anuncio —le dijo un enano a otro.

—Pffff. Hoy en día los magos ya no son de fiar. ¿Qué hacemos ahora? Ya bastante tenemos con los impuestazos que nos cobra el gobierno como para encima instalar un sistema moderno de seguridad. Y la verdad es que tampoco me fío de ésos.

Mi Donaldito y yo nos miramos.

—Eh, chicos, tengo una idea —dije—. Miren, a mi dragón no le interesa la explotación minera. Quería regalarle una cueva por una cuestión de prestigio. Es que ya no cabe en mi casa, y un dragón sin cueva ni tesoro es como un vampiro sin castillo tenebroso. No tiene gracia. ¿Qué tal si mi Donaldito se viniera a dormir aquí por las noches? Él tendría su cueva y ustedes contarían con un estupendo guardia de seguridad gratuito.

Detrás de mí, Donald puso cara de "¡es una oferta imperdible!", extendiendo los brazos y mostrando todos sus afilados dientes en una sonrisa. El enano asustadizo volvió a desaparecer detrás de la estalagmita.

—¿Y cómo podemos estar seguros de que ese dragón y tú no nos robarán nuestras piedras preciosas? —me preguntó un enano.

—Porque en mi familia no robamos, aunque quedemos como estúpidos por ello —respondí, y les hice leer mi artículo sobre la honradez. Esto pareció tranquilizarlos aún más, y finalmente extendieron sus manos para cerrar el trato—. ¡Excelente! ¿Qué les parece si ahora celebramos de alguna manera? No hago pasteles de piña como Blancanieves, pero podría hornear unos panecillos de queso, o una torta de vainilla y chocolate. Ah, ¡y tengo limoncello en mi refrigerador! ¿Qué les parece si traigo un poco?

La celebración se convirtió en una fiesta bastante alocada. El enano asustadizo salió de su escondite después de la tercera copa, y terminó bailando una danza tirolesa junto a mi Donaldito. Sin duda se convertirán en buenos amigos :-) Y como los enanos no eran taaaan tacaños después de todo, a mí me regalaron unos pendientes de rubíes (que no podré usar en mi ciudad por culpa de la delincuencia, pero bueno, siguen siendo un regalo estupendo) y a mi dragón le permitieron pegarse al pecho piedras preciosas de todo tipo, al estilo Smaug.

Resumiendo: a mi dragón le gustó su regalo de cumpleaños, los enanos ya no tendrán que preocuparse por los ladrones, y yo tengo siete amigos nuevos que me han puesto el apodo de "Blancaleche" :-D

Ahora iré a sacarme una selfie con mis hermosos pendientes de rubíes :-P

G. E.

PD: Si buscan piedras preciosas a precios razonables, sólo pídanlo y les pasaré una tarjeta de la Compañía Minera Siete Enanos. Envíos garantizados y rápidos a cualquier parte del mundo, cortesía de mi dragón (sugerencias de propinas: patas de pollo asado, trozos de jamón serrano o sandías y melones).


Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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