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3 de septiembre de 2017

HASTA EL GORRO DE GENTE GORRONA

En realidad hoy pensaba hablar de otra cosa, pero me ocurrió algo hace un par de días que me hizo dar prioridad a este tema en mi lista de pendientes.

Según el diccionario, un gorrón (o gorrona) es una persona "que tiene por hábito comer, vivir, regalarse o divertirse a costa ajena". Sin embargo, después de una larga experiencia, diría que hay que expandir un poco esa definición, a fin de abarcar las otras maneras en que un individuo puede aprovecharse de la buena voluntad de otro.

A menudo siento que soy un imán para gorrones, ya sea porque me gusta ayudar a los demás y/o porque tengo habilidades y conocimientos varios (no me estoy autoalabando; simplemente me he molestado en desarrollar dichas habilidades y adquirir dichos conocimientos, usando herramientas tan simples como libros y Google). Por lo tanto, este artículo será algo así como una especie de manual para lidiar con los gorrones; y créanme, detectarlos tempranamente les ahorrará mucho tiempo y quizás también dinero, por no hablar de innumerables desilusiones.

Mi experiencia con los gorrones crónicos empezó con la familia de una ex amiga. Una familia con más dinero que la mía, pero cuyos integrantes no dejaban de pedirnos favores cada dos por tres.

Mis actuales vecinos de al lado son así (no, no la vieja miserable que he mencionado en entradas anteriores, sino los vecinos del otro lado). Al principio nos caían bastante bien, pero luego nos dimos cuenta de que venían a tocar a nuestra puerta cada vez que necesitaban algo, ya fuera: insecticida, periódicos (para cubrir el piso durante las reformas de la casa o encender la chimenea), agujas, una tijera, que yo cuidara a alguno de los niños porque había vuelto a casa y no tenía la llave, etc. Conste: estoy a favor de la colaboración entre vecinos (de hecho, dos veces llamé a la policía por haber visto ladrones en azoteas ajenas), pero llega un punto en que ya piensas "eh, no estaría mal que estas personas se molestaran en dar algo a cambio a modo de agradecimiento, considerando que mi familia no les ha pedido nada". Pero no. De hecho, hasta tuvieron el descaro de atar su tubo del aire acondicionado a nuestra tubería del agua sin pedir permiso, y rompieron un par de baldosas de nuestro lado de la acera por estacionar su auto sobre ella. Les hice notar esto último. En lugar de disculparse y reparar el daño, pusieron caras de estúpidos. Resultado: hemos dejado de atender sus llamadas a nuestra puerta.

PRIMERA LECCIÓN SOBRE LOS GORRONES CRÓNICOS: Piden y piden y piden favores a cada rato, pero raramente hacen algo por uno (aunque uno lo pida con toda la pega). No les da vergüenza pedir favores ni se sienten obligados a dar algo a cambio.

En la facultad también me topé con unos cuantos gorrones, dado que yo sacaba muy buenos apuntes y además los pasaba en limpio en la computadora. Una de mis amigas allí resultó ser otra gorrona crónica, de modo que puse fin a esa relación.

Hace un par de días también tuve que cortar relaciones con un amigo que se volvió un gorrón crónico, tanto así que la última vez que vino a pedirme algo ni siquiera se molestó en decir "hola". Se lo hice notar, no se disculpó.

SEGUNDA LECCIÓN SOBRE LOS GORRONES CRÓNICOS: Cuando les echas en cara su conducta, se ponen a la defensiva y tratan de hacerte creer que tienes el problema. "Uy, qué feo eso que has dicho", "a mí nadie me pone condiciones para ser su amigo" (respuestas reales).

Yeah, right. Qué mala soy. Si en realidad hasta debería dar las gracias por hacer favores y gastar HORAS Y MÁS HORAS de mi tiempo en ayudar a gente que, cuando no necesita algo, ni siquiera se acuerda de mí. (Sarcasmo ON.) Esto me lleva a la...

TERCERA LECCIÓN SOBRE LOS GORRONES CRÓNICOS: Los gorrones crónicos se creen con el derecho de acaparar tu tiempo cada vez que lo necesiten, aunque sea para preguntarte cosas que podrían averiguar perfectamente por sí solos tecleando cuatro palabras en Google. Los gorrones crónicos simplemente no valoran el tiempo y el esfuerzo ajenos (por no hablar del dinero). Y mucho menos les importa si te hacen sentir que te están utilizando.

Sin embargo, hay una razón por la que los gorrones crónicos se ofenden tanto cuando al fin decides confrontarlos. Véase la...

CUARTA LECCIÓN SOBRE LOS GORRONES CRÓNICOS: Muchos gorrones crónicos son así a propósito, pero la mayoría de los que he conocido no están conscientes de que son gorrones crónicos. A menudo me he quejado de los gorrones crónicos en Facebook, y varios gorrones le han dado al "Me gusta" sin captar que estaba hablando de ellos. Y claro, como la verdad duele... de ahí que se enojen.

He tratado de mantener amistades con personas a las que ya había catalogado como gorronas crónicas, pero simplemente no funcionó. ¿Por qué? Pasemos a la...

QUINTA Y ÚLTIMA LECCIÓN SOBRE LOS GORRONES CRÓNICOS: Lo que voy a decir a continuación salta por sí solo al tomar en cuenta todo lo que puse arriba. Es esto: los gorrones crónicos no son buenos amigos. Los gorrones crónicos son más bien como sanguijuelas: toman, no dan. Y así es imposible que se mantenga una amistad, a menos que la otra parte sea particularmente servil, pero en ese caso no sería una amistad sino una relación consentida de parasitismo.

En serio, la amistad es un camino de doble vía. No es que tenga que llevar la cuenta de los favores, pero necesita cierta reciprocidad. Y como suelo decir: hay 7.000 millones de personas en el mundo; si una no te trata bien, puedes buscar otra. Y otra. Y otra, hasta que consigas amigos de verdad. Tengo varios de ésos, por suerte. Y si me están leyendo, GRACIAS POR NO SER GORRONES :-) Sepan que con gusto los ayudaré en lo que esté a mi alcance.

Y en cuanto a mis ex amistades gorronas...

Ex amiga gorrona: ¡Gissel, qué bueno que te...!
Yo: No te molestes, ya sé que sólo me vas a pedir un favor gratuito. ADIÓS.

G. E.

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2 comentarios:

  1. ¡Hola!

    Me encontré con muuuchos de ellos, demasiados para mi gusto. Desde familiares, amigos hasta gente con la que casi no tengo contacto alguno (al menos que necesiten algo, por supuesto). Tomaré en cuenta tus lecciones, las voy a necesitar.
    ¡Besos!

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    Respuestas
    1. Uy, sí, es que están por todos lados. Son molestísimos, ¿verdad? Espero que te sirva el artículo, y gracias por comentar. ¡Besos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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